lunes, 30 de noviembre de 2015

Fito Páez - Circo Beat (1994)



¡Buenas noches, ladies and gentlemen! ¡Bonsoir! Sean bienvenidos a milnovecientosnoventayseis, el año más feo, más triste, más mierda del mundo. Me mudé y me cambiaron de escuela, se murió mi abuela y a los dos días mi abuelo y me descubrieron un problema en la columna que derivaría en interminables clases de natación, un horrible corset de plástico, una barra de titanio atornillada en 5 vértebras, y una costilla y un cacho de cadera menos. El 96 se estaba jugando todas las cartas para convertirse en una pesadilla, para traumarme, para ser tema de conversación en sesiones de terapia años más tarde. Pero mi hermano Nico se compró un minicomponente.
Con la compra vinieron cuatro CDs tan distintos que supongo que el objetivo era pegarle en el gusto musical del consumidor con al menos uno, pero yo los escuchaba a todos sin entender nada y disfrutando mucho. Cantaba “Los dinosaurios” de Charly García pensando en Jurassic Park, pronunciaba mal las palabras de “Bed of Roses” sin entender la resaca infernal que tenía Bon Jovi, bailoteaba “La gota fría” sin saber qué carajo le pasaba a Carlos Vives con Moralito y terminaba de entonar una versión karaoke de “You can leave your hat on” sin haberme sacado una sola prenda de vestir. Así, durante meses. Hasta que llegó él.

Era un disco dorado con libélulas y un librito con fotos raras y las letras de todos los temas. Nunca supe por qué apareció: a nadie en mi casa le gustaba Fito Páez lo suficiente para justificar el sacrificio de mis madres que implicaba la compra de un CD original. Capaz que estaba en oferta porque había salido hacia dos años, capaz que quisieron comprar otra cosa y se equivocaron, capaz que a quién le importa, lo cierto es que Circo Beat desplazó a los cuatro discos, los dejó aburriéndose en una estantería mientras él yiraba y yiraba en la compactera todas las tardes de sol y las nubladas también.

Era un juego, un ritual, un mantra. Yo llegaba de la escuela, me encerraba en el cuarto de mis hermanos y empezaba. Número uno, la velocidad. De Circo Beat me fascinaba la introducción, especialmente la parte rápida en italiano cuyas palabras ahora comprendo y su significado todavía no. El tema, con sus monos y sus jeeps, era tan raro que me hacía entrar de cabeza en un estado casi onírico que duraba todo el disco. Número dos, la prostituta. Circo Beat era casi todo mío, pero "Mariposa Tecknicolor" era de todos. De mis amigos, de las radios, de la gilada. La salteaba. Número tres, el amor. Apretaba play y contaba en silencio hasta once para empezar a cantar junto a Fito “Un mundo de hadas, frente al ataúd”. "Normal I" era perfecta. Me gustaban sus cambios de ritmo, sus imágenes, que Ringo afinara el tambor de Let it Be, la emoción que yo sentía en la parte de repeticiones de la palabra “cuando”, emoción que a veces me hacía escapar alguna lagrimita hasta que todo se esfumaba pero sólo unos segundos, yo la volvía a poner y empezaba de nuevo: la cuenta hasta once, los objetos en mi cabeza, la coreografía que inventé para acompañarla. Cuando ya sentía que había tenido suficiente éxtasis por el momento llegaba la número cuatro, la angustia. Si estaba en un mal día sabía que no podía escuchar "Las tardes del sol, las noches del agua". Si me sentía bien la escuchaba tranquila y cuando estaba a punto de embolarme con la pesadez del tema llegaba la parte de “Y ella no quiso ver sus caras del terror” que me gustaba mucho. Número cinco, la mierda. "Tema de Piluso" no sólo compartía características putarraquences de su hermana la mariposa sino que era, simplemente, mala. La letra reproducía frases de cualquier pseudojipi contemporáneo y la forma de cantar, ese subibaja diciendo “CEEEEeeeerrcAAA” y “VIIiiiidddAAA” me generaba un rechazo insoportable. La salteaba. Número seis, la tranquilidad. "She’s mine" tenía un ritmo agradable y me gustaba escucharla alternando un paso para la izquierda y otro para la derecha. Además, le respondía al estúpido “y eso es verdad” del tema anterior con un contundente “Qué importa la verdad”. Número siete, la magia. "El jardín donde vuelan los mares" me volaba las chapas. Ponía el volumen alto y veía olas que rompían arriba mío en el cuarto que estaba convenientemente pintado de azul. Era un tema con fuerza, con oscuridad, con acción. Lo escuchaba y me armaba un mundo plagado de cosas raras, un país de las maravillas turbio y desencajado, un jardín al que no se podía entrar porque nadie tiene la llave. Casi siempre lo ponía varias veces, dependiendo de las dosis que necesitara. Dosis, sí, este tema era una droga alucinógena. La número ocho ("Nadie detiene al amor en un lugar") y la nueve ("Si Disney despertase") no me hacían sentir nada en particular así que pasaba rápido a la diez, el descontrol. Fito se escapaba de los fans que aparecían hasta en la sopa y yo corría, saltaba arriba de la cama, gritaba “I’m a hippie” y lo ayudaba a liberarse de lo que no le gusta. La número once, "Dejarlas partir", no me interesaba, entonces la salteaba para llegar a la doce, el desafío. "Lo que el viento nunca se llevó" es complicada. Hay que cantar mucho, casi sin parar, hay que prepararse. Ponía pausa unos segundos para llenar bien mis pulmones y poder gritar “fucking mezzogiorno de calor” con todas mis fuerzas. Hoy me sigue generando una enorme alegría llegar hasta el final sin tener que tomar aire a pesar de los años metiendo humo de tabaco en mis pulmones. Acá, con este tema, terminaba el ritual, dejando siempre afuera el conclusivo "Nada del mundo real". Supongo que no quería que el mismo disco me dijera que había terminado, que era momento de volver a mi mundo real de los diez años, la espalda torcida, la escuela llena de chetos y los abuelos ausentes.

Hace unos años me vengo riendo de Fito. De su decadencia, de sus ganas de seguir siendo cool, de sus patéticos temas de despecho. Y no es justo. Porque Fito pudo luchar, él solo, contra 365 días que insistían en hacerme pelota, porque logró transformar un cuarto azul de 3x3 en Bahía Blanca en la escenografía de una película fantástica.
Porque si Circo Beat fuera un instante, sería mi touch de gloria.
Micaela Domínguez Prost





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